Mensaje25:Dos años en la estación de South Georgia.
Hola a todos otra
vez. ¿Os gustó la aventura de nuestros compañeros
alemanes que os contábamos en el anterior mensaje? Seguro
que sí. En éste mensaje encontraréis otra experiencia
de vivencia en la Antártida. Esta vez se trata de la aventura
de unos compañeros ingleses, del British Antarctic Survey
(BAS), que tienen una base, el King Edward Point, en la Isla de
South Georgia. Allí estuvieron viviendo, durante dos años,
ocho compañeros, entre ellos Therese Cope, que es la que
nos escribió para contarnos su experiencia. Therese es bióloga,
experta en pesquerías, y pasó desde el Marzo 2001
hasta el Febrero 2003 en el campamento de King Edward Point, para
estudiar el efecto de las pesquerías sobre algunas especies
de peces, crustáceos y cefalópodos. Otra vez, a parte
de disfrutar del paisaje, de las maravillosas criaturas con las
que compartían pacíficamente el espacio y de los colores
del hielo y del mar, lo que más se enfatiza es la gran experiencia
humana que estos investigadores nunca olvidarán. Al parecer,
este equipo tampoco echó en falta las comodidades a los que
todos estamos acostumbrados y que nos parecen casi imprescindibles
ya que, aunque a alguno pueda parecerle difícil de entender,
vivir una aventura así lo compensa todo.
El relato de Therese es un ejemplo de las experiencias que se pueden
vivir en una expedición como la nuestra. En un barco con
más de 60 investigadores de varios países, se pueden
compartir y explicar experiencias pasadas y que, de hecho, son las
que nos han llevado a trabajar en la Antártida. Algunos han
estado antes en las islas subantárticas, otros, en el Ártico,
otros en otros océanos, pero todos tienen historias interesantes
que nos encanta escuchar. Aún que el plan de trabajo sea
muy apretado, siempre podremos encontrar un momento para explicarnos
nuestras historias. En el caso de Therese la idea surgió
a raíz de un comentario que nos hizo justo cuando recolectábamos
muestras en cubierta. El día era muy frío y nos dijo
que ese momento le recordaba sus días en South Georgia. Le
escuchamos con mucha atención y le propusimos que nos escribiera
esta historia para vosotros. Adjuntamos a este mensaje el original
de Therese en inglés, para los que quieran leerlo.
"Acababa de terminar mi master y estaba empezando a buscar
un trabajo, cuando me enteré de que el British Antarctic
Survey (BAS) estaba buscando a un biólogo experto en pesquerías
para un trabajo de dos años en la estación de King
Edward Point, en South Georgia (54° 16S, 36° 30W), en la
Antártida! Y así fue que, una vez mandados los papeles,
casi sin darme cuenta, pasé la entrevista, me ofrecieron
el trabajo y me encontré a bordo del barco del BAS, el James
Clark Ross, mirando abajo a mi nueva casa. Debido a la excitación
que surgía de la preparación del material para marcharme,
en ningún caso me había sentido insegura de meterme
en dicha aventura, pero fue justo en el momento de la llegada, cuando
algo dentro de mi hizo clic. De repente no tenía ganas
de dejar el barco, porque me daba cuanta de que si bajaba, no habría
vuelta atrás por lo menos en los siguientes dos años.
Entonces, salí a cubierta y empecé a caminar, captando
cada imagen y llenándome de los edificios, de las montañas,
de todo
King Edward Point se sitúa en una bahía resguardada,
en el lado este de la Isla de South Georgia. Los restos de la antigua
estación ballenera, Grytviken, han dejado un triste rastro
en la bahía. A pesar de que tiempo atrás ésta
era el centro de las actividades de la zona, ahora el puerto de
referencia es King Edward Point, y es allí adonde llegan
los barcos, tanto los del comercio pesquero como los que se dedican
al turismo. El motivo de mi estancia en este lugar estaba relacionado
con el comercio pesquero. Mi tarea era estudiar las especies más
afectadas por la industria pesquera (esencialmente el bacalao antártico,
los peces de hielo, el calamar, el cangrejo y el krill) y también
de los restos de captura, o sea de las especies capturadas involuntariamente,
pero en gran cantidad, con lo cual el tamaño de su población
también puede ser comprometido. Se trataba de un estudio
a tres bandas: por un lado, teníamos acceso a los datos provenientes
de los barcos pesqueros, ya que como parte del acuerdo de pesca,
estos deben llevar a bordo un observador, o sea alguien que se ocupe
de reunir los datos de los pescadores y además recoger muestra
para nosotros del King Edward Point. Estos datos son muy útiles
para estudiar la edad y la reproducción de los stocks. Por
otro lado, nosotros también teníamos nuestro propio
barco de pesca, el "Quest", con el cual empezamos un programa
de muestreo extendido, siguiendo el recorrido del bacalao, Notothenia
Rossii, una especie muy explotada en los años setenta. La
función de estos muestreos es detectar que otras especies
están presentes en la bahía. Se hacía un seguimiento
semanal de las abundancias del plancton y el crecimiento de las
larvas de peces, y además se medían las pautas reproductivas
de los adultos para determinar los periodos de puesta de huevos.
Finalmente, también teníamos un acuario con peces
y cangrejos, para estudiar la edad, el crecimiento y la reproducción
de estas especies.
Aunque el trabajo era increíble y nos mantenía muy
ocupados, era nuestra forma de vida lo que hacía única
aquella experiencia. Imaginaros un mundo sin tráfico, sin
teléfono, sin televisión, sin radio, sin tiendas,
sin dinero, sin colas y sin gente .Nos levantábamos
hacía las 8 de la mañana y desayunábamos juntos
(éramos ocho personas en total). Entonces nos preparábamos
para empezar nuestro día de trabajo. Los científicos
nos dirigíamos a los laboratorios, el médico a la
enfermería, y los mecánicos, los lampistas y los barqueros
bajaban a sus zonas de trabajo a sólo unos centenares de
metros más lejos. Les veíamos caminar en la nieve,
casi siempre muy metidos en sus gorros, ya que el viento antártico
no perdona El tiempo, de hecho, era muchas veces el centro
de nuestras conversaciones, sobre todo cuando a la hora de comer
aparecía alguien arrastrado por el viento. La luz era increíble
y cambiaba constantemente, transformando todo a su alrededor, las
montañas, el mar y el cielo. Como esto es todo lo que hay
alrededor, una vez fuera de nuestras construcciones, lo que se veía
era un enorme cielo interrumpido solo por los picos de las montañas
y, todo alrededor, el mar. Las nubes cogían formas increíbles,
el sol creaba espectáculos de luces, el viento moldeaba la
superficie del mar y movía las placas de hielo. Cada día
era diferente, y cada día quedábamos asombrados delante
de este maravilloso escenario. Teníamos la sensación
de tener todo el tiempo del mundo y muchas veces dejábamos
de hacer lo que estábamos haciendo sólo para mirar
estos espectáculos mágicos.
Este ritmo de vida, sin el lastre de las costumbres sociales, nos
servía para apreciar lo más importante de la vida,
y sobre todo, para apreciarnos los unos a los otros. Hacíamos
turnos para despertarnos a las 6 de la mañana para preparar
el pan del día y las comidas, y de paso para ver como el
sol coloreaba de rosa los picos de las montañas. Era divertido
reírse del pan recién hecho y finalmente cocinar una
buena comida para los compañeros se transformó en
un juego. Era la más grande demostración de cariño
posible. Éramos completamente dependientes los unos de los
otros, de nosotros dependía nuestra alegría y bienestar,
el éxito en nuestro trabajo, nuestra supervivencia y seguridad.
Comprobar que no hubiera fuego era una de nuestras tareas, así
como mantener el contacto por radio y hacer simulaciones de búsqueda
y rescate. En general, siempre había que tener cuidado en
no hacer algo que pudiera comprometer a los demás. Nuestra
vida de cada día dependía del humor de todos. En general
nos reíamos mucho y, poco a poco, conocimos maneras diferentes
de tomarse la vida, y detalles sobre nuestras familias. Disfrutábamos
aprendiendo a esquiar y a observar juntos la naturaleza, y por supuesto,
a estar pendientes de si alguien necesitaba unas palabras de apoyo.
Esta claro que cuando se comparte una experiencia así se
acaba creando una interacción muy fuerte entre las personas.
Cuando compartes dos años con sólo ocho personas,
la interacción que se crea es extraordinaria y debo decir
que ahora que ha pasado ya un año desde la vuelta al "mundo
real", somos aún todos muy amigos. De hecho, ha sido
en este contexto que he conocido a mi marido.
Junto a nosotros, otros seres vivos compartían el espacio:
había pingüinos (el pingüino Rey y el pingüino
Papúa, también llamado pingüino Juanito), elefantes
marinos, lobos de mar de dos pelos (también llamados osos
marinos antárticos), y millones de aves marinas, como los
albatros Manto Claro, el Petrel Gigante, el paíño
de Wilson y el petrel Barba blanca. Estos animales paseaban, daban
mil vueltas y participaban en nuestra vida diaria. Recuerdo perfectamente
estar fregando los platos, mirar por la ventana y a tres pingüinos
papúa paseándose allá fuera. Me hacía
reír mucho y, una vez más, me hacía darme cuenta
de donde estaba. Para observar desde lo más cerca posible
la vida de estas estupendas criaturas lo que hacíamos era
hacer largos paseos, o ir con los esquís, hasta una colonia
de pingüinos o a alguna bahía donde las focas se reunían,
y muchas veces nos quedábamos a dormir. Tuvimos la oportunidad
de seguir las actividades de estos animales a lo largo de la temporada.
Muchos de ellos nos abandonarían en invierno, aunque de repente,
cuando menos nos lo esperábamos un pingüino papúa
podía aparecer en la banquisa. En invierno, la isla se transformaba
en un paisaje de hielo, así que lo que hacíamos era
coger los esquís e ir a explorar cuantos más lugares
posibles.
Pero pronto los intrépidos papúa volvieron. Volvían
en manadas para restablecer sus colonias y nosotros nos quedábamos
en nuestras tiendas de campo en la playa para observar su llegada
al atardecer, ya que había cientos de pequeños pingüinos
moviéndose como flechas en el agua y saltando desde el mar
a la playa. Sencillamente conmovedor. Entonces seguimos sus divertidos
y maravillosos progresos en el cortejo, acoplamiento, construcción
del nido (robándose material los unos a los otros), la puesta
de huevos, y el nacimiento de los pollos y todo esto en un
verano. En otoño su numero fue bajando, ya que los padres
dejaban que los pequeños se defendieran por si mismos y estos
no siempre lo conseguían. Finalmente, los pollos se juntaban
y tomaban valor para echarse al agua. Los elefantes marinos lo hacían
también desde delante de nuestra puerta, solo que con más
ruido y bastante más "olor"! La excitación
del primer cachorro nos llevo con prisa a la veranda y así
muchas noches de verano las pasamos sentados allí, observando
con curiosidad a las colonias de focas, como si estuviéramos
en un cine.
Cuando vino el momento de marcharme, se me rompió el corazón.
South Georgia esta ahora en lo más profundo de mis huesos
y lo único que me dio la fuerza para dejar aquel lugar fue
la esperanza de que algún día podría volver
a verlo."
Un cordial saludo de los investigadores.
Datos
Coordenadas:
54º 16' S
36º 30' WO
Temperatura del agua: -0,9ºC Temperatura del aire: -2,1º C Velocidad del viento: 4,0 metros por segundo (m/s) Velocidad del barco: 5,5 nudos