Generalitat de Catalunya: Departament d'Universitats, Recerca i Societat de la Informació  @    

  Expediciones científicas: El Ártico


[L'antàrtida ]

  Turno 5, mensaje 11 : Isabella, Jemima y la señorita Brown


Dicen que la distancia es para el amor como el viento para el fuego. Si el fuego es débil el viento lo apaga, pero si es fuerte lo aviva. Sir William Edward Parry lo pudo comprobar perfectamente en tres de sus expediciones.

En una carta de 1825 Parry decía: “Siempre he sentido el deseo de tener un vínculo en algún lugar. Nunca estuve cómodo sin este vínculo y todavía, me atrevería a decir, que con menos predisposición que el 99 por cien de mis colegas a aficiones viciosas. Siempre he intentado imaginarme enamorado de una mujer virtuosa. Hay un cierto aire romántico en esto, pero todavía lo siento con fuerza y no dejaré de sentirlo hasta que esté casado”. ¿Qué quería decir exactamente esta frase? ¿De qué estaba hablando Parry? Pues la verdad es que no lo sé. Pero me parece que hablaba de una de las dificultades más grandes de las expediciones de la época: tener que pasar años enteros solo en compañía de otros hombres. En primer lugar está el aspecto puramente sexual. Es cierto que algunos hombres pueden vivir muchos años en celibato. Pero no me imagino a los marineros británicos del siglo XIX predispuestos a aceptar esta situación. En las expediciones árticas, los británicos tuvieron suerte. Porque las familias inuit aceptaban que las mujeres tuvieran relaciones sexuales con los visitantes, fueran inuit o británicos, como parte de la cortesía entre grupos humanos. Así pues, los largos inviernos en la oscuridad podían resultar más cálidos de lo que uno pudiera pensar, siempre que los exploradores se establecieran cerca de un campamento inuit. Esto es lo que hicieron Parry en 1819-1820 en Igloolik, John Ross durante los cuatro inviernos consecutivos (desde 1829 hasta 1833) que pasó en la Península Boothia, y también mucho más tarde, Amundsen en Gioa Haven en 1903. Pero de un hombre tan profundamente religioso como Parry no es ni siquiera imaginable que tuviera relaciones extramatrimoniales. Es más, de un oficial de clase alta no se podía esperar que se “rebajase” a hacer el amor con un ser “inferior” y “bárbaro”. Su deseo era más espiritual, muy diferente de la sexualidad barriobajera de algunos marineros. Tenemos que aceptar que Parry practicaba la abstinencia más estricta si bien era permisivo con sus hombres. Pero una cosa es la abstinencia y otra es la ausencia. Un grupo de hombres que viven juntos, sin mujeres, durante un periodo largo, forma una sociedad humana deforme, incluso monstruosa. Hay patrones de conducta que cambian, temas de conversación diferentes, pero sobre todo, hay un sentimiento de pérdida, de ausencia y de nostalgia que resulta insufrible.

Para paliar estos sentimientos Parry tenía dos métodos. El primero consistía en un programa de fiestas y representaciones teatrales muy bien planificado, que duraba todo el invierno. En estas situaciones algunos hombres hacían el papel de mujeres, se vestían con faldas y bailaban con los otros hombres. Incluso llegaban a hacer concursos de belleza entre travestidos. De alguna manera, estos disfraces permitían olvidar durante unas horas que allí no había más que hombres. Ciertamente, las expediciones de Parry se caracterizaron por la salud mental de sus tripulaciones. El otro método era más personal y creo que es a lo que hace referencia la carta citada. Antes de irse de expedición Parry establecía un vínculo más o menos claro con alguna chica. El pensamiento de que allá lejos, en casa, había una chica que pensaba en él, que cuando volviera no regresaría a otra soledad, sino que alguien estaría esperándole, era algo que le permitía soportar tanto la abstinencia como la ausencia. Cuando marchó a su primera expedición como comandante de la Hecla y la Fury, Parry había establecido una especie de relación con una tal Señorita Brown. Que la relación no era profunda, si no una manera de armarse psicológicamente, quedó de manifiesto a los pocos meses. La Señorita Brown fue vista acompañada de otros caballeros. Obviamente, la relación con Parry, más imaginada que real, terminó en cuanto él volvió a Inglaterra. Pero ya había cumplido su función.

Para su segunda campaña Parry se comprometió con otra chica, Jemima. Otra vez, la relación solo duró mientras Parry la necesitó para su equilibrio mental en el Ártico. Era la idea de estar enamorado lo que le interesaba, la sensación de que había una mujer que lo esperaba. De que mientras todos sus compañeros de promoción se prometían y se casaban él no quedaba completamente al margen, aislado de esta contraparte femenina sin la cual los hombres no pueden vivir. Jemima cumplía esta función. Pero una vez más, la relación terminó justo después de su vuelta. En cambio, de Isabella se enamoró. Se enamoró de verdad. Aunque, de hecho esta frase es una redundancia porque uno no se puede enamorar de mentira. Enamorarse es algo que uno no puede evitar, ni negar, ni disimular. Parry se casó con Isabella unos meses antes de su última expedición, un intento fracasado de llegar al Polo Norte. Durante toda esta expedición, Parry estuvo deseando volver a Inglaterra para “abrazar a su Isabella en su corazón”. Se conservan algunas de las cartas que le escribía, si bien no podían llegar hasta mucho más tarde. En una de las últimas le decía “el éxito en esta empresa no es en absoluto esencial para nuestra felicidad”. Hete aquí un hombre a quien el fracaso que acababa de experimentar en su profesión le importa muy poco. Le importa tan poco porque está enamorado. Pero entonces…¿se habría explorado el Ártico si todos los hombres hubieran estado enamorados?

Carles Pedrós-Alío


Participación a la campaña:
Turno 5 (18 febrero - 31 marzo 2004)

Fecha última actualización: 30 Noviembre 2004