Generalitat de Catalunya
Rutes Palau Robert
 Palau Robert / La vitrina del fotògraf
 
  Ricard Terré
 
     
 

Del 28 de setiembre al 5 de noviembre de 2006

 
 

 

 
 
Butlletí setmanal
   
  Presentación  
 
Cuadrat

En una sala del Palau Robert que da al paseo de Gràcia existe un espacio donde, periódicamente, se expone la obra fotográfica y la trayectoria profesional de un fotógrafo que ha conseguido situarse en los máximos niveles del reconocimiento artístico. Junto con fotografías de su trabajo, el artista presenta monografías y libros ilustrados de los que, tambén, es autor. Este espacio del Palau Robert constituye el rincón íntimo del fotógrafo.

 
   
  Biografía  
 
Cuadrat

Ricard Terré
(Sant Boi de Llobregat, 1928)

MECÁNICA DEL SENTIDO

Ricard Terré es fotógrafo desde el año 1955. Tenía entonces 27 años. ¿Qué había hecho hasta el momento? Terré era muy aficionado a la mecánica. Su padre era director de una fábrica de hilados en Sant Boi de Llobregat, la única fábrica catalana que durante el tiempo de guerra no interrumpió su producción, gracias al ingenio de Artur Terré que solucionaba los problemas que ocasionaba la carestía. Un hombre trabajador, un artista de las máquinas, un especie de futurista que se extasiaba observando una pieza para comprenderla por entero y asimilar su belleza en la visión de su funcionamiento como parte de un sistema. Un hombre justo y muy humano, que se ganó el respeto de sus trabajadores que lo tenían como camarada. Ricard heredaba de su padre esa curiosidad por el funcionamiento de las máquinas, esa comprensión profunda del mundo como un sistema de causas y de efectos. Para el niño Ricard, el taller mecánico fue como su segunda casa. Manejaba el torno y la fresa con toda facilidad. A los nueve años había fabricado una pistola, a los doce años había estriado el interior del cañón de una escopeta de aire comprimido, a los quince años se había fabricado una cámara fotográfica y, un par de años más tarde, la ampliadora. Podemos decir etcétera. Hoy por hoy esta actividad constructiva no deja de parecer un obsesivo ir en pos del más difícil todavía. Pero entonces, durante la guerra y la posguerra, era una habilidad que no tenía precio. Algo así como Mozart que era capaz de memorizar las piezas para después copiarlas de corrido en un papel, Terré observaba el funcionamiento de las máquinas y después las reproducía mejoradas en algún aspecto. Era deportista, activo, un poco extravagante en su manera de vestir. A los a los 16 años, trabajaba al mismo tiempo que estudiaba de perito mercantil. A él siempre le hubiera gustado mucho más la ingeniería industrial. Pero así es la vida. Salía con la pandilla de excursión por la montaña. Llevaba en la mochila una pequeña Pathé y una Retina para registrar los momentos divertidos, los instantes épicos en los ascensos. Dibujaba muy bien. Con ambas manos, además, como si la naturaleza hubiera preservado su talento con un seguro de accidente. Pintaba un poco a la sombra de los impresionistas que había conocido en Olot, cuando visitaba a la familia. Su facilidad para el dibujo y su capacidad de sintetizar de un golpe lo esencial en el funcionamiento de las cosas le llevaron directamente a la práctica de la caricatura, con la que llegó a tener un cierto éxito. Pero el éxito parecía no dar tregua a su espíritu experimentador. Lo más importante era conquistar un nuevo terreno creativo, aprender sus trucos, su funcionamiento. Llegar a hacerlo bien. “Te propongas lo que te propongas, tienes que proponerte ser el mejor”. En esa ruleta de las aficiones aprendidas y desarrolladas con éxito, entre todos los deportes, llegó la práctica de la fotografía, en que la aguja se paró de manera inquietante. ¿Qué pasaba ahí? No llegaba con hacerlo “bien”, no se trataba de ser “el mejor”. De alguna manera la practica de este nuevo arte, no sólo de la técnica, implicaba un compromiso con el otro…De alguna manera, se trataba de un arte compartido. Terré empezó a filosofar y dejó de hablar de técnica. Es verdad que no dejaba pasar un detalle en cuanto a la cámara, los objetivos, el tipo de película, la forma de revelado, etc. Era un maestro en todo esto. Pero a la hora de comentar las fotografías le repateaba que alguien sólo planteara curiosidad por los aspectos técnicos. Lo importante de la foto estaba en el shock emocional, lo importante estaba en la verdad que destilaba. Se trataba de comprender, de dominar la mecánica del sentido. El funcionamiento del mundo se podía poner a prueba en la fotografía y había que ser muy hábil y muy sensible. Sobretodo porque no se puede forzar la realidad, porque las cosas no están a la espera. Curioso, pero Terré pone el símil del toreo cuando quiere explicar su trabajo, a él que no le gustaron nunca los toros. Dice “hay que estar al quite. El fotógrafo se sirve de la realidad que le ofrece la ocasión del arte. Pero jamás la domina, jamás la vence. La realidad, el hombre de la calle, es libre e imprevisible. De alguna manera el fotógrafo tiene que anticipar los movimientos, preverlos. Hay que estar pendiente y suelto, dispuesto a cambiar de planes.” Acabando la década de 1960, viviendo ya en Vigo, Terré se aburrió de la práctica fotográfica. No tenía con quién hablar. Sus fotos habían logrado un estatus y se las pagaban bien pero le daba la sensación de que estaba matando aquel espíritu tan vivo e indomable en una práctica repetitiva. Abandonó la fotografía durante una quincena de años. Quince años pasan en nada. Un abrir y cerrar de ojos en el que la realidad española había cambiado un montón y los ojos de Terré no se habían desgastado en absoluto. Como un monstruo que surge vivo del deshielo, volvió a coger la cámara en 1980. Y otra vez volvió a seguir con la misma curiosidad el funcionamiento de las cosas. La obra de Terré no es muy numerosa. Pero tiene el atributo esencial de la buena fotografía: es intensa. No es efectista, sino efectiva. Viene a resolver problemas, a situar las cosas en su sitio. Como si el engrase de las piezas, el ajuste, el pulido y el acabado de las formas, mejorara el orden moral de la existencia.

LAURA TERRÉ
Vilanova i la Geltrú, 2006

 
     
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