Cèsar Malet (Barcelona,
1940)
Archivos de los años 60
Con una auténtica vocación de fotógrafo,
Cèsar Malet finaliza sus estudios de bachillerato,
peritaje mercantil e idiomas sin abandonar nunca la
actividad fotográfica, que acabará convirtiéndose
en su único interés en el terreno profesional.
En 1958 estudia técnica fotográfica en
Suiza y en Francia, y trabaja en el campo de la investigación
y la experimentación personal. Simultáneamente
realiza algunos trabajos comerciales de retrato y de
reportaje industrial y fotoperiodístico. Publica
en Fotogramas, Garbo, Distinción y El Noticiero
Universal en la sección “Noches de la ciudad”.
En 1960 abre un estudio de fotografía profesional
en Barcelona y trabaja en publicidad, moda, industria,
retrato, ilustración y reportaje.
En 1967, en colaboración con el pintor Josep
M. Berenguer, funda el Laboratorio de Arte Experimental
y realiza una colección de fotografías
titulada “Res”. Este trabajo se presentó
en la Sala Aixelà de Barcelona, en la galería
Juana Mordó de Madrid y en la sala de exposiciones
de la Caja de Ahorros Provincial de Valladolid.
En 1970 realiza una colección de fotografías
para el libro Informe personal sobre el alba, con poemas
de Carlos Barral, editado por Lumen. Aquellas imágenes
se expusieron en gran formato en la sala Aixelà
de Barcelona.
Realiza una serie de retratos de 26 escritores españoles
entrevistados por Federico Campbell, para el libro Infame
Turba (ediciones Lumen; primera edición 1970,
segunda edición 1994).
El 1973 viaja a Estados Unidos y durante tres años
reside en Los Ángeles, donde trabaja para el
departamento de publicidad internacional de la 20th
Century Fox. Realiza reportajes y retratos. Colabora
en la foto fija de la película Iron and Horse,
una producción del American Film Institute, con
el maestro Vilmos Zsigmond como director de fotografía.
Entra en contacto con la Asociación de Fotógrafos
Profesionales de Los Ángeles. Visita estudios
de cine y fotografía. Amplía el horizonte
de su oficio y aprende nuevas técnicas.
En 1976 regresa a Barcelona y se instala de nuevo en
su estudio. Realiza trabajos publicitarios muy especializados,
retratos y reportajes. Continúa sus proyectos
experimentales.
Cèsar Malet
(Fotografia: Miquel Guasch)
EL NOMBRE DEL FOTÓGRAFO
“Copas en la terraza del Pub de Tuset Street
bullicioso y nocturno con Betina, rubia y nórdica,
que me riñe por beber tanto y drogarme con optas.
Ella ingiere una negruzca píldora de potentes
efectos antieróticos, dice. Tiene un tigre en
el culo, esta chica, pero lo mantiene a raya. Aparecen
Joan de Sagarra y Enric Barbat, luego Nuria y Pere Garcés,
luego Portabella. En la mesa vecina, César Malet
y Enric Sió deslizan piropos al oído crapuloso
de una adolescente gordita y risueña. César
Malet cada día más parecido a los Hermanos
Marx (los tres juntos)”. El texto pertenece a
Noches de Bocaccio, una parodia sobre la llamada Gauche
Divine que escribí hace veinticinco años
y que mereció escasa atención y nula credibilidad
debido a la naturaleza fantasmal y delicuescente de
los personajes. Sin embargo eran seres reales, y el
más real de todos, pese a su triple encarnación
marxista, era César. Enseguida nos hicimos amigos
y admiré su talento para captar y fijar ambientes,
cuerpos hermosos, vivencias y ritmos, repliegues sombríos
de la noche urbana, extravagantes efusiones de la modistería,
efluvios de apocados guateques, alcoholes furtivos y
residuales de la pertinaz dictadura. Los carnosos años
sesenta. Y sobre todo, rostros. Un García Márquez
de tórridas facciones caribeñas, un Carlos
Barral asilvestrado, recién salido del mar de
Calafell con algas en el pelo, un dandy Jaime Gil de
Biedma que podría competir en elegancia, pulcritud
y veracidad con los mejores retratos hechos a Luis Cernuda,
la carátula insomne de Gabriel Ferrater suspendida
en las sombras, la gracia infantil y amansada de Ana
Mª Moix, la mueca de un Pere Gimferrer en las alturas
y sin melenas, la bruma musical de Jamboree y una canción
de Gloria Stewart, en cuyas manos y brazos se enrosca
el jazz primordial de nuestra juventud.
Por todo ello celebro esta muestra como un feliz reencuentro
con el arte de un fotógrafo singular y excepcional,
lúcido y de mirada cáustica, indómita.
La que aplica, por ejemplo, a ese sujeto elegante y
con bastón que exhibe un impecable y aguerrido
modelo para caballero mientras, a espaldas suyas, en
perfecta sintonía formal y postinera, que no
de vestimenta, sonríen gloriosamente dos golfillos
zarrapastrosos. Bravo, César.
Juan Marsé